Uno
de los recuerdos más hermosos de mi vida cristiana no tiene que ver con la
iglesia en sí, sino con un lugar fuera de ella, ese maravilloso lugar se llama
“La Casa Pastoral”. En ese espacio se
forjaron mis mejores amistades con los jóvenes de nuestra iglesia que en vez de
reunirnos a jugar Nintendo u otro hobie del momento, nos juntábamos en la casa
del pastor sin más razón que pasar un rato agradable. No había mejor compañía
para nosotros que la compañía de nuestros pastores; sus chistes, comentarios o
reprensiones todas sirvieron para nuestra formación.
Fue
en esa casa donde conocí los primeros libros de teología y otros temas que hoy
domino con cierta destreza, fue en esa casa donde escuchaba las cintas
musicales que afinaron los gustos musicales que tengo hoy. Fue hacia esa casa
que caminaba cuando en la mía la paz escaseaba, es hacia esa casa que corría
cuando sentía que las demás se cerraban. En esa casa siempre alegres, siempre
abiertos los pastores esperaban por nosotros para compartir sus conocimientos y
también sembrar en nosotros el carácter de siervos que hoy evidenciamos.
Fue
en esa casa donde los que nunca habían fregado lo hicieron sin reprochar y los
que no habían usado un suape se volvieron amigos de tan importante herramienta
de limpieza. Cuando en casa preguntaban donde habíamos estado, podíamos
responder con total seguridad de que nada pasaría que veníamos de la casa del
pastor.
Agradezco
a Dios haberme dado el privilegio de contar con unos pastores que no solo nos
enseñaron en la iglesia, sino que nos abrieron su casa para enseñarnos de una
manera que desde el pulpito es limitada. Allí vimos ejemplo de unidad en un
matrimonio y aunque en nuestras familias había inestabilidad en la casa
pastoral vimos una muestra de que se podía tener un matrimonio feliz y
cristiano. Gracias Señor por la casa pastoral donde siempre había que comer y
siempre habían razones para sonreír. Gracias por Guillermo Liriano y Graciela
Herrera.
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