Un día inesperado en la historia israelita y mucho menos en la de David al que su padre le da una orden sencilla, aunque un poco peligrosa. Le dijo: “Ve a llevarles comida a tus hermanos que están en la guerra”, El era el más pequeño de su casa y no tenía la edad suficiente para estar en la guerra, además habían cuatro hermanos mayores que se habían quedado en casa, bien pudo su padre enviar a uno de ellos y no al más pequeño, pero nuestro humilde pastorcito no puso objeción y levantándose temprano salió rumbo al campo de batalla a cumplir con su tarea.
¿Sabía David lo que le esperaba?, ¿sabía que en la mañana solo era un completo desconocido, pero en la noche todos hablarían de él? Claro que no. Su agenda (Si es que tenía una) solo contemplaba llevar comida a sus hermanos y regresar a casa, pero Dios tenía otros planes para él.
Sin aviso, sin advertencia. Dios se abre atreves de la monotonía de tu vida, atreves de la puerta de la rutina. La única condición es que igualando a David estés dispuesto y cumplas con tus obligaciones en obediencia, Dios se encargara del resto, de llevarte a la guerra, enfrentarte al gigante, darte la victoria y sacarte del anonimato.
Una mañana cualquiera David salió a llevarles comida a sus hermanos, en la tarde regreso a su casa como un mata-gigantes. Cuando menos lo esperas, Dios le da un giro radical a tu vida. No te adelantes a Dios, cumple con tu tarea, El se encargara del resto.
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