Por Joel Calleiro
Si, encontré la iglesia perfecta, algo maravilloso que necesito compartir con ustedes:
La iglesia perfecta parece un comercial de pasta de dientes. Está llena de gente que sonríen por todas partes, te reciben con una sonrisa en la puerta y se mantienen sonriendo todo el tiempo. No sólo sonríen, sino que te acompañan y se sientan a tu lado para luego volverte a saludar durante la bienvenida y despedirte con un fuerte abrazo, y por supuesto ¡con una gran sonrisa!
En la iglesia perfecta el pastor es buen mozo, joven, alto, elocuente y con un doctorado en estudios teológicos; una familia modelo que consiste de una esposa (rubia, esbelta y muy simpática) dedicada a su hogar y a las obras benéficas que patrocina la megamaravillosa congregación y dos niños que se sientan en la primera fila, sin decir una palabra o pestañar, durante todos los servicios semanales.
Los mensajes del pastor son una obra de arte que duran precisamente 22.5 minutos, los cuales conmueven y motivan a toda la congregación, dejándola con un deseo extraordinario de que otra vez llegue el domingo. Es la única iglesia en la ciudad que tiene una lista de espera para la membresía y sólo cuando alguien se cambia de ciudad o muere se pueden agregar nuevos miembros.
No pueden imaginar la calidad de la música, la armonía de su coro de 300 personas, dirigido por un grupo de alabanza y una orquesta de 36 músicos profesionales, cristianos que te hacen sentir como si estuvieras a las puertas del cielo a punto de ver la faz Señor.
Yo estaba maravillado, haciendo un esfuerzo por absorber todo lo que allí ocurría sin perder un detalle, cuando sentí una mano en mi hombro y una voz que me decía, hermano despierte, el servicio ya terminó. ¡Qué chasco! Todo era un sueño.
Al final de todo esto me alegré que me despertaran, pues extrañé a mis hermanos que no siempre sonríen, pero cuando lo hacen es de corazón. A mi pastor que no es alto y buen mozo pero es un humilde siervo de Dios que Predica la Palabra con el poder que solo el Espíritu puede dar. No tenemos un coro de 300 personas o una orquesta profesional, pero si media docena de personas consagradas que dedican sus talentos a la alabanza y a la adoración.
Obviamente lo del sueño es ficticio pero nuestra imperfección es una realidad.
Pensándolo bien no quiero una iglesia perfecta, solo una que constantemente trata de hacer la voluntad de Dios a pesar de sus imperfecciones.
Blog del autor:http://despuesdeldomingo.com/
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